EL DISCERNIMIENTO IGNACIANO

Ignacio de Loyola situaba el discernimiento en el núcleo de sus conocidos Ejercicios Espirituales. Para él, que se había pasado la vida en “actitud discerniente” para solucionar una de tantas situaciones en las que debía elegir una cosa u otra, discernir era la prueba del algodón de que uno/a estaba en sintonía con la realidad, con la propia conciencia y por supuesto con el Evangelio de Jesucristo. Sin discernimiento, nadie decía Ignacio, tiene seguridad de caminar los caminos del Señor con un mínimo de fiabilidad, Y entonces sobreviene la equivocación, la frustración y el probable daño a terceros. Discernir es tener garantía de “hacer lo que Dios espera de mí”. ¿Cual es el proceso del Discernimiento? En primer lugar, acotar y objetivar la realidad que deseo conocer para situarme correctamente ante ella. Nada de engaños. Nada de falsos aprioris. La realidad es la realidad. En segundo lugar, valorar el contenido de la realidad conocida por la objetivación, según los criterios evangélicos: lo positivo y lo negativo en función del Espíritu de Jesucristo. Y por fin, determinarme por una u otra resolución, que convertirá la realidad en cuestión en “voluntad de Dios”. Y llegados aquí, lanzarnos a verificar el resultado del discernimiento de forma contundente. Consultadas las personas oportunas.

Es delicado, pero es posible y del todo necesario. Un arte.

Norberto Alcover, Sj.


Demos un paso más

Si bien el discernimiento espiritual pertenece al corazón de la espiritualidad cristiana, recogida en la Sagrada Escritura, y que la Iglesia primitiva ya conocía y practicaba, es a través de San Ignacio de Loyola cuando alcanza mayor profundidad y relieve.
El discernimiento espiritual es un instrumento, aprendido y experimentado por San Ignacio de Loyola, como camino para crear y encontrar el estilo de vida conforme a la voluntad de Dios.

Discernir la voluntad de Dios no significa que el hombre no tenga ningún papel activo en el discernimiento. Muy al contrario, identificar la voluntad de Dios sobre mi vida es interrogarle sobre mi puesto, sobre mi papel, en el Cuerpo de Cristo. No aquel que me será asignado sin mi intervención o libertad personal, sino aquel en el que yo puedo y deseo tomar para “reproducir los rasgos de Jesús para formar parte de una familia de hermanos“ (Romanos).
La espiritualidad ignaciana está profundamente enraizada en el entendimiento de la realidad de nuestra vida diaria, para estar conscientes y atentos a la presencia de Dios en ella. Sólo bajo este estado de consciencia permanente podremos empezar a discernir qué es lo que Dios quiere para nosotros.
El discernimiento, realizado a la luz de la oración y de la razón iluminada por la fe, nos ayudará a elegir la mejor alternativa para nuestras vidas. En definitiva, el discernimiento nos ayudará para buscar y elegir lo que Dios quiere de mí en un momento concreto y específico de mi vida (decisión de casarme o no; de consagrarme; de ordenarme sacerdote; de cómo ser un laico comprometido con Dios,…) o sobre reformas fundamentales de mi vida.
Esa búsqueda de la voluntad de Dios es ponerse en un plano donde la inteligencia busca a la fe y la fe busca a la inteligencia. Buscar la voluntad de Dios es desear comprender la Verdad de Dios, es decir, que seamos felices.

 

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